Posteado por: danieliturra | 10 mayo, 2010

El mal juez. – Notas del diario

 

Esta historia te la tengo que contar. Pasé mucho tiempo pensando en el título para esta nota… “El arte es para pocos", "El poder de la imagen pública”, “La influencia del ambiente”, “El impacto del escenario”, “Lo determinante del lugar”, “La falta de sensibilidad”… en fin. Al final de ésta, quizá larga nota, descubrirás que cualquiera de esos títulos podrían enmarcar esta increíble historia. Sin embargo, terminé por elegir un título basado en la esencia del mensaje que te quiero dar hoy, inspirado en una frase de un célebre filósofo, Demófilo, cuando afirmó: “Haz lo que creas bueno sin importar lo que se diga de ti, recuerda que el vulgo es un mal juez de las buenas acciones”. ¡Wow! ¡Me fascina la profunda verdad que tiene esta frase! Y es que si yo mismo hubiera hecho caso a lo que ciertas personas dijeron de mí –y siguen diciendo— como críticas destructivas ante mis proyectos, no hubiera llegado a crear Nueva Conciencia ni ninguna de mis otras empresas con una influencia tan grande en beneficio de miles. Por eso el líder, dentro de sus más valiosas características, es el que debe hacer oídos sordos a la crítica destructiva que sólo busca esfumar sus sueños. Y te lo digo: cualquiera puede soñar y tener ideales, pero no cualquiera se atreve a mantenerlos vivos a pesar de lo que le digan. ¡Te lo digo yo!

A lo largo de esta nota, intercalaré mi opinión junto con la de un periodista y con las citas de varios expertos en el tema, quizá este mosaico haga más atractiva la historia para ti. Disfruta de esta lectura y espero que alcances a ver lo que quiero comunicarte.

La historia: A las 7:51 am del pasado 12 de enero del 2007, un joven blanco vestido simplemente con jeans, una camiseta de manga larga y una gorra, entra a una estación del metro de Washington D.C., colocándose junto a la pared y detrás de un bote de basura, para sacar su violín, tirar unos cuantos dólares en el estuche para asemejar donativos de caridad y empezar a interpretar 6 melodías clásicas durante 43 minutos dentro del trafico humano de alrededor 1097 personas. Todo esto se videograbó con cámara escondida para un experimento del afamado periódico Washington Post.

La mayoría de las personas que pasaron cerca del él iban en camino a su trabajo, muchos de ellos trabajando para el gobierno de los EUA. La estación del metro de L’Enfant Plaza está en plena zona federal de Washington y es utilizada mayoritariamente por burócratas de clase media: analistas políticos, directores de proyectos, gerentes encargados de presupuestos, especialistas, facilitadotes, consultores, abogados.

Cada persona que pasó por ahí, frente a una clásica escena de ciudad donde un músico callejero intenta ganar algo mediante la exposición de su “arte”, tuvo la opción: ¿Me detengo y escucho la música o me sigo de largo? ¿Me apuro a pasar como si no escuchara nada aunque mi corazón me diga que me detenga pero aún así acelero mi paso ante el poco tiempo que tengo para llegar al trabajo o por la falta de dinero en mi cartera para darlo? ¿Le tiraré una moneda rápidamente sin escuchar gran cosa sólo para ser amable? ¿La decisión que tome le afectará al músico si en verdad es malo? ¿Y si es bueno? ¿Tengo tiempo para apreciar la belleza? ¿Debería apreciarla ahora? ¿Cuál es la moral del momento? Incluso yo aumentaría: ¿Alcanzaste a escuchar y/o a ver que ahí por donde pasaste había un músico?

Sé que cualquiera podría no hacerse esas preguntas ni detenerse a reflexionar, pero… en este caso específico habían 3 peculiares características, aquel músico junto a la pared y detrás del bote de basura, se trataba de:

  1. Uno de los hoy genios musicales más grandes del mundo en cuanto a música clásica se refiere y virtuoso del violín!!!
  2. Interpretando algunas de las melodías clásicas más elegantes jamás escritas antes!
  3. Y usando su violín Stradivarius de un valor cotizado en 3.5 millones de dólares!

Interesante, ¿no crees? Este experimento fue una prueba realizada por el Washington Post para analizar el contexto, percepción y prioridades, así como una prueba sociológica de gran interés: ¿En un ambiente banal y a una hora inconveniente, puede trascender la belleza?

El afamado (¿?) músico no interpretó canciones clásicas populares que por ello pudieran atraer la atención del público común. Esa no era la prueba. Sino fueron piezas maestras que han perdurado por siglos brillando por sí mismas e interpretándose en suntuosas catedrales o fastuosas salas de conciertos. La acústica en ese punto de la estación del metro era sorprendentemente buena, por la arquitectura del punto, y por el uso del violín, al que se le ha comparado con la voz humana, y que por el talento del artista, se logró transmitir éxtasis, pena, adoración, juego, romance, triunfo, suntuosidad, etc.

¿Qué pasó en aquel momento, en aquel experimento psicosociológico? Bueno, antes de platicarte, se me hizo muy valioso que el Washington Post primero fuera a platicar este experimento con un experto mundial de música clásica, Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de EUA, haciéndole la siguiente pregunta: “Maestro, ¿qué piensa usted que ocurriría, hipotéticamente, si uno de los violinistas más virtuosos del mundo, pasara como incógnito, tocando su violín por casi una hora frente a gente aburrida caminando, alrededor de 1000 personas, en una estación del metro?”. A lo que respondió: “Supongo que si no es reconocido como quien es y pasa por un músico callejero, si aún así en verdad es bueno, no pasaría totalmente desapercibido. Sé que tendría más audiencia en Europa, pero para una flujo de 1000 personas, supongo que 35 a 40 personas reconocerían la calidad que hay y calculo que se formaría una audiencia de 75 a 100 personas que se detendrían a escuchar”. Washigton Post dijo: “¿Y usted cree que la gente le donaría dinero?”. Slatkin respondió: “Claro, quizá 150 dólares se juntarían en esa hora”. WP prosiguió: “Bueno maestro, esto de hecho sucedió”. Slatkin: “¡En serio? ¿Y quién era el músico?”. WP reveló: “Joshua Bell”. Slatkin: “¡Noooooo!

Joshua Bell, quien fuera un niño prodigio, hoy a sus 39 años se ha convertido en un aclamado virtuoso músico internacional. Cuatro días antes de pararse en el metro, estaba interpretando en el Boston Symphony Hall con lleno total (miles de butacas), donde se cobró 100 dólares por persona para escucharlo unos minutos; dos semanas después, en una audiencia privada en el Music Center de Strathmore, donde la gente no hacía el más mínimo ruido para poder escuchar al artista; pero en enero, Joshua Bell jugaba el papel de mendigo en una estación del metro tratando de llamar la atención de gente ocupada yendo al trabajo.

Bell fue quien primero concibió esta idea el diciembre anterior en un café. Bell es un prodigio que se ha atrevido a tocar con las más fastuosas orquestas del mundo, pero así también versátil como para aparecer en un programa de Plaza Sésamo e incluso tocando para el soundtrack de una película, que ganó el Oscar a la mejor música (“The red violin”).

Jushua Bell es un artista prodigio muy carismático con un “look” muy jovial. Cuando está en conciertos todas las luces están sobre él y su pasión por interpretar con violín lo hace verse más atractivo aún al no usar corbata de ningún tipo, sino una camisa negra un poco abierta y mover con fuerza su cabellera. Es todo un fenómeno en el mundo de la música actual. Al final de esta nota te daré su página para que lo conozcas mejor.

Irónicamente, en la parte de arriba de la estación del metro, hay un kiosko vendiendo revistas y boletos de lotería. La fila más acentuada era precisamente para los boletos de lotería, gente común que sin saber, no sabía la lotería que se ganaba de poder escuchar metros abajo al virtuoso músico más impresionante del mundo actual en violín, en primera fila, tan cerca y por una hora. Pero como siempre afirmo en mis conferencias: solo emociona lo que se admira, y sólo se admira lo que se conoce. Por ello al ignorante de algún tema le está vedado admirar la belleza y la verdad de dicho tema.

Bell decidió iniciar el experimento con “Chaconne” de Bach, Partita No 2 en Do Menor. Bell llama a esta pieza: “…no tan solo una de las mejores piezas musicales jamás escritas antes, sino uno de los más grandes logros del hombre en la historia. Es una pieza espiritualmente muy poderosa, emocionalmente fuerte, estructuralmente perfecta”. Pero esto parece ser percibido sólo por quien sabe de música y arte. Algo totalmente desapercibido por la gente común que usó el metro aquel día. Y si las palabras de Bell se te hicieron sobre-efusivas, escucha lo que un célebre músico del siglo XIX, Johannes Brahams escribió en una carta a Clara Schumann acerca de “Chaconne”: “En un pentagrama, para un pequeño instrumento, el hombre escribió todo un mundo de profundos pensamientos y de las más poderosas emociones. Tan solo de imaginarme que yo la pudiera haber creado, incluso si tan solo hubiese podido concebirla, estoy seguro que ese exceso de emoción y esa experiencia que hace temblar la Tierra, me hubiera vuelto loco”.

Con esa pieza inició Bell en el metro. Casi nadie se detuvo a escucharla.

Bell la interpretó tal cual un gran concierto, con un sonido casi sinfónico, con toda la pasión que incluso en todo su cuerpo se apreciaba. A los tres minutos, “algo” pasó. Una persona se detuvo para ver que alguien tocaba un violín, luego de que 63 personas habían pasado ya sin notarlo. La persona que se detuvo, sólo lo hizo un segundo para de inmediato continuar con su partida. Bueno, eso ya fue “algo”.

Medio minuto después, Bell recibió su primera donación, una mujer aventó 1 dólar a la caja del violín y se marchó. No fue sino hasta 6 minutos después, que alguien se recargó en una pared y se detuvo a escuchar.

Luego las cosas no mejoraron mucho. En los tres cuartos de hora que Bell siguió tocando su violín, sólo 7 personas se detuvieron y se limitaron a escuchar por 1 minuto. 27 personas depositaron dinero mientras pasaban corriendo para generar un total final de 32 dólares. Este fue el resultado de 1070 personas que pasaron ahí frente a Bell, todas con prisa, inconscientes de lo que acontecía, muchos extremadamente cerca de Bell, y en donde poquísimos tan siquiera voltearon la cara a verlo.

El periodista del Washington Post comenta al maestro Slatkin: “No señor Slatkin, nunca se juntó una audiencia como usted suponía, ni pequeña, ni por un segundo. Cientos y cientos de personas pusieron más atención a no tirar su café, a escuchar sus celulares con dispositivos inalámbricos en sus oídos, todos como en una danza macabra de indiferencia, inercia deprimente de la modernidad”.

Gene Weingarten, el periodista del Washington Post que describió este experimento y escribió el artículo, hoy es nominado al premio Pulitzer por este hermoso documento periodístico, donde comenta: “Incluso en este paso acelerado de la gente, en un ambiente difícil, los movimientos de Bell permanecían fluídos y gráciles. Él parecía muy aparte de su audiencia… invisible, inaudible, increíble. Donde uno pensaría que no está realmente ahí. Es un fantasma. Para luego darte cuenta más bien de que él era el único real ahí, los demás eran los fantasmas”.

¿Si un gran músico interpreta gran música, pero nadie lo escucha, es en verdad bueno? Este es un clásico debate epistemológico. ¿Qué es la belleza? ¿Es un hecho medible (Lebnitz)? ¿Está en los ojos del que mira (Cervantes)? ¿O es meramente una opinión (Hume)? ¿O es un poco de todo coloreado por el estado mental del que observa (Kant)?

Me quedo con la opinión Kantiana.

Lo que reflexionó Bell luego del experimento fue interesante. Al principio comenta ni siquiera haberse dado cuenta de lo que pasaba alrededor, estaba fundido en “Chaconne” (¡!), pero luego de un rato, confiesa: “…fue un sentimiento extraño que la gente… (le costó continuar)… no se fijara en mí”. Y se reía de sí mismo al analizarlo.

“En una sala de conciertos me molesta cuando alguien tose o permite sonar su celular! Pero ahí en el metro disminuyeron mis expectativas. Empecé a apreciar cualquier señal de reconocimiento, incluso el simple hecho de que alguien me mirara. Me sentía muy agradecido cuando alguien tiraba un billete de dólar en lugar de sólo monedas” –dice Bell, un hombre que hoy en día con su talento suele cobrar hasta 1000 dólares por minuto en salas de conciertos. Esto me hizo recordar también que ayer estuve en una función de teatro musical excelsa donde francamente me molesté en ciertos momentos cuando la gente que estaba sentada detrás de mí no dejaba de hablar en plena función o cómo la persona de al lado de mi butaca no dejaba de revisar su celular en plena ejecución artística! ¡Por Dios! ¡Qué lejos está esa gente de valorar el enorme talento que tienen enfrente! Pero es que para valorar hay que saber, para detenerse totalmente a admirar en jubilosa contemplación hay que conocer de fondo. El ignorante no puede comportarse a la altura que reclama la prudencia y el decoro frente a una manifestación artística. Apreciar cabalmente el arte es privilegio sólo de unos cuantos, y si quieres apreciarla de verdad, sugiero que convivas exclusivamente con esos pocos. Si convives con los demás y los invitas a apreciar el arte, tu frustración no será culpa de ellos, si no tuya por invitarles a apreciar algo para lo que son incapaces. Hay que saber elegir con quién se comparte el arte para apreciarla aún más.

Siguiendo con el experimento, Bell también confiesa que estaba nervioso en la estación del metro. Pero cómo entender eso si no se pone nervioso frente a multitudes en salas de conciertos. Bell comenta: “Cuando tocas para personas que han comprado su boleto, ya has sido validado, no siento nunca que tenga que ser aceptado porque ya lo soy cuando la gente paga…”. Estoy totalmente de acuerdo, lo vivo en mis conferencias. ¿Pero qué tal en esas circunstancias fuera de tu contexto y gratuito? Hay una enorme diferencia, gigantesca, entre un público que te escucha gratuitamente y otro que paga por ello. Es una diferencia abismal en cultura, prudencia, respeto, y sensación de aprovechamiento de oportunidad por parte del público. Son dos mundos aparte.

Atinada y reveladoramente, Weingarten afirma en su artículo: “En este experimento, Bell era arte sin marco”. Y tal parece que lo que llama la atención es el marco. Sin duda, y en forma radical, el contexto importa.

Kant afirmaba que para apreciar la belleza, la persona debía tener la capacidad de hacer juicios morales. Pero uno de los seguidores más prominentes de Kant, anotó que además el mismo Kant decía que para apreciar apropiadamente la belleza las condiciones para observarla debían ser óptimas. Y “óptimas” no eran precisamente las condiciones para ir corriendo en el metro quizá ya tarde al trabajo, pensar en qué reportarle al jefe, o molesto porque el zapato no te queda bien. También por eso no se apreció la belleza del Bell en el metro, salvo una persona que sí se detuvo y apreció la música que lo atrajo por más de 3 minutos. Entonces, valga decir que la afirmación de Kant no es universal. “Algo” hizo la música en aquella persona que volteó a ver su celular y viendo que tenía 3 minutos libres se detuvo a escuchar, y que por primera vez en su vida, dio dinero a un “músico callejero”. Por lo mismo, infiero que si estás leyendo esta nota “rapidito así no más” en tu oficina, entonces no encontrarás la belleza de información reveladora que intento plasmar aquí para ti. Aprecio tanto a esos lectores que me escriben cosas como: “Dr. Ariza, lo mejor que hice fue imprimir su nota y llevármela a mi casa para leerla con toda calma y concentración…”. Así se lee mucho mejor. Ahí donde nadie te moleste, donde nadie te interrumpa. Y este espacio sagrado de apreciación solo es valorado y procurado por quien ya ha estado ahí.

Bell también confiesa que hubieron 6 momentos muy dolorosos de aliviar durante el experimento: cuando terminaba de interpretar una pieza y no pasaba… nada. No aplausos, no reconocimiento, y la experiencia de percibir que la gente nunca notó la majestuosidad de la pieza ni incluso cuándo terminó. Momentos sin duda intensos. Luego de “Chaconne” interpertó el “Ave María” de Schubert. Aquí otro fenómeno sucedió: nadie puso atención, salvo un niño de 3 años que iba con su madre y éste le dijo: “Mamá, es un músico!”, y no le quitaba la atención de encima. La madre al notar esto, se interpuso entre el músico y su hijo para que no lo viera y ya no se distrajera! Pero el niño insistió. Tal parece que como cita el autor del reportaje, existe en los bebés y los niños un talento para sentir poesía y música, que al crecer vamos perdiendo por atender a otras prioridades. O yo creo que quizá se trate de la capacidad natural de un niño de ver a Dios en la actividad inspirada en alguien, mientras que el común de los mortales ha perdido esa capacidad para ver con el corazón, o lo que sería lo mismo, para sentir como un niño.

Interesante que en el experimento hubo gente que pasó cerca de Bell, y nunca escuchó la música ni reparó en más, salvo pensar: “¿cuánto ganará este pobre? ¿No le convendría empezar echando unos dólares más en su estuche?”, gente que pensó así: abogados que trabajaban elaborando contratos para el gobierno. Sin lugar a dudas, cada quien ve tan sólo lo que lleva dentro.

Supongamos que Kant tiene razón y no se dieron las condiciones óptimas para apreciar la belleza. Pero…, ¿y para apreciar la vida?… No tenemos tiempo. Estamos muy ocupados. ¿En qué? En trabajar duro y mucho para hacer dinero. No hay más. Esto lo he notado en sinnúmero de veces y por ello afirmo que es un arte saber detenerse y observar fijamente la belleza que nos ofrece la vida a cada instante. Bueno, y no digamos darse el tiempo de ver y sentir a Dios. Estamos muy ocupados. Y nadie puede valorar lo que de previo no lleva dentro. Y mucha gente tampoco tiene tiempo para ver qué llevan dentro, creyendo que la superficialidad de lo que está inmediatamente bajo su piel es todo lo que llevan dentro. Si tan solo el ser humano supiera que hay más, mucho más en su interior, entonces podría ver más, mucho más de lo ve.

John Lane, autor de un libro donde explica cómo se ha ido perdiendo la apreciación de la belleza en el mundo moderno, opinó de este experimento y dijo: “…la gente no sólo ha perdido su capacidad para entender la belleza, sino que ya le es irrelevante”. ¡Dios! Qué fuerte. Lo mismo he notado cuando siento que me topo contra un muro donde a ciertos conocidos les insto con urgencia a que vayan a ver cierta obra de teatro extraordinaria y… ¡no van! Yo lo siento como urgencia que se desliza con el tiempo a necesidad recurrente, mientras que otros perciben mi prisa y necesidad como irrelevante. Por eso se divide la gente y se une sólo con quien alcanza a ver lo mismo. Con quien tiene capacidad de sentir en similar magnitud. Con quien respira y aspira hacia lo mismo. Esa es la ley de semejanza que nos atrae a unos con otros iguales, ahí surge una conspiración.

Siguiendo con el experimento, un caso especial fue cuando sólo una persona, llegando ya casi al final de la interpretación de Bell, se quedó cautivado por 6 minutos y terminó fascinado con lo que escuchó. Depositó 5 dólares y se fue. Luego, cuando el grupo investigador llamó a su celular (ya que interceptaron a toda la gente que tuvo un comportamiento de atención a Bell y le pidieron sus números de teléfono para luego llamarles), le preguntaron como a todos: ¿Notó algo peculiar en su inicio del día de hoy? A lo que respondió: “…sí, un músico extraordinario en el metro”. Picarrello fue un estudiante de violín desde los 18 años y abandonó sus estudios por creer que nunca sería tan bueno, y hoy trabaja en el servicio postal americano. Le preguntaron si se arrepentía de haber dejado su vida de músico, a lo que dijo que no, que nunca la ha dejado, que aunque alguien renuncie a hacer una vida profesional, la música es algo que se lleva dentro por siempre y para siempre, se haga lo que se haga. Qué cierto fue. Fue el único que se quedó cautivado con Bell. Una vez más lo confirmo, uno sólo puede alcanzar a ver lo que lleva dentro. Al final de la historia, de las más de 1000 personas que pasaron frente talentoso músico, sólo 1 mujer lo terminó reconociendo como Joshua Bell porque la semana anterior lo había visto en un concierto. Una mujer que se quedó parada frente a él, en "primera fila al centro".

En esta nota tengo mucho, mucho que comentar, pero tal parece que si sigo, nunca acabaría. Estoy seguro que pronto organizaré una charla en vivo en una cafebrería (café y librería) en la colonia Condesa o Polanco, donde nos reunamos gente Nueva Conciencia para comentar este experimento y muchas otras cosas más! Esta idea está en el horno. Aquí te dejo algunas de las ideas que con más fuerza han surgido en mi mente y corazón mientras me enteré y estudié todo el caso:

  • Ante la pregunta original del experimento: ¿En un ambiente banal y a una hora inconveniente, puede trascender la belleza? La respuesta es… sí, pero poco. Tal como me lo enseñó hace años mi amigo Jaime Almeida: “El arte es para pocos”, incluso en un ambiente idóneo y a la hora ideal. El verdadero arte, en cualquiera de sus manifestaciones, es para ser apreciado por muy pocos que cuentan con la capacidad para ello. Pocos.
  • Tal como me lo enseñó hace años un examigo Cris: “Ariza, date tiempo para quedarte sólo y sentado escuchando música sin hacer ninguna otra cosa”. Desde ese entonces aprendí a apreciar sin distraerme en nada más.
  • Darse el tiempo para apreciar arte, es un privilegio en la sociedad actual. Pero vale la pena “darse” el privilegio para poder alcanzar a ver más y más del arte que la vida nos ofrece cotidianamente.
  • Darse tiempo para vivir, es un privilegio para muchos… robots que sólo trabajan y trabajan para hacer más y más dinero. En la vida hay algo más que hacer dinero.
  • El contexto de la exposición del arte cuenta, y mucho.
  • La “imagen” de un escenario ayuda a que la gente perciba arte.
  • El horario y ocupaciones influyen para poder apreciar belleza, para valorar arte.
  • No cualquiera tiene la capacidad de cambiar tajante y súbitamente de planes ante la contemplación súbita de verdadera belleza. Cuestión de prioridades.
  • La gente no es libre en sus trabajos comunes para apreciar… incluso la vida.
  • La belleza está tanto en quien la manifiesta como en la capacidad de quien la aprecia, ambas disciplinas son bellas, y por eso se encuentran.
  • El vulgo es un mal juez para las buenas acciones.

Estimado lector, lectora, te compartiré el artículo original en inglés del Washington Post que hoy está nominado al premio Pulitzer de periodismo! Te recomiendo leerlo con todo el tiempo del mundo y disfrutar de su exquisitez. Mucho que pensar en él. Has clic AQUÍ para leerlo.

También te comparto la página oficial de Joshua Bell, a quien tienes que conocer y escucharlo con toda atención. Un talento así incrementa la sensibilidad de nuestra Nueva Conciencia. La pagina es: www.joshuabell.com. Y así mismo, este es un exquisito video donde puedes apreciar su virtuosismo: Video de Joshua.

Y por supuesto que tienes que ver el video del que salió todo este experimento y la inspiración para mi nota, Bell entrando como incógnito a la estación del metro: velo haciendo clic AQUÍ. Tampoco te pierdas de la valiosa colección de sus interpretaciones en YouTube. Sorprendente cómo se “conecta” este virtuoso del violín.

Disfruta! Detente y aprecia. Vive con… ¡Emoción por Existir! – Alejandro ArizA.

Fuente: http://www.nuevaconciencia.com.mx/Notasdeldiario.cfm?id=361


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