Posteado por: danieliturra | 3 diciembre, 2009

“La emoción como el motor de la vida” Ximena Davila y Humberto Maturana

Las personas vivimos en dos ámbitos:
por una parte somos animales y, por otra, somos humanos. Pero ¿qué es
lo humano? Solemos pensar en el ser humano como un ser racional,
afirmando que lo que nos distingue de los otros animales es nuestra
racionalidad. Sin embargo, decir que la razón es lo que nos caracteriza
es limitar nuestra propia definición, porque nos deja ciegos frente a
la emoción, que queda desvalorizada como algo animal. En realidad,
tanto razón como emoción constituyen partes integrantes de nuestra
experiencia humana, aunque no solemos darnos cuenta de que todo sistema
racional tiene un fundamento emocional.

Por otra parte, las emociones no son lo
que corrientemente llamamos sentimientos. Desde el punto de vista
biológico, cuando hablamos de emociones nos referimos a estados
corporales cambiantes según las acciones que llevamos a cabo. Las
emociones son un fenómeno propio del reino animal, pues todos los
animales las tenemos. Y son ellas las que definen nuestra conducta, a
pesar de que insistamos en que es nuestro ser racional quien nos guía.

LOS SERES HUMANOS, COMO LOS ANIMALES, TAMBIÉN SOMOS SERES EMOCIONALES

El hecho de ser humanos implica que
somos capaces de entrelazar nuestras emociones y nuestros haceres, de
comunicarnos, de conversar y de ser conscientes de todo este proceso,
de lo que nos ocurre y de cómo lo vivimos. Esto es lo que, por lo que
sabemos hasta ahora, nos diferencia de los animales, cuya existencia
fluye ajena a la posibilidad de reflexión acerca de ellos mismos.

El vivir humano, pues, puede ser
distinguido como nuestra capacidad para conversar. Por lo tanto,
podemos establecer una doble mirada hacia el ser humano: como persona
que reflexiona y como animal. Y ambas visiones no nos separan sino que
son complementarias, unitariamente vividas.

El aumento progresivo de la capacidad
del cerebro está relacionado con la aparición del lenguaje. Y el origen
del lenguaje, a su vez, tiene que ver con la coordinación recursiva de
acciones entre los que conversan. El lenguaje, por consiguiente, sirve
de coordinación recursiva de acciones que pasan de una generación a
otra a través del aprendizaje de los niños. Conversar es algo diferente
a hablar, porque entrelaza las emociones y los haceres de unos y otros.

Pero para que este modo de vida, basado
en la cooperación entre todos, fuese posible, tuvo que haber una
emoción fundadora. Esta emoción es el amar. El origen de lo humano y de
lo amoroso se produjo en un mismo momento, hace tres millones y medio
de años. Gracias a la investigación, sabemos que entonces ya había
primates bípedos que caminaban erectos y poseían hombros, pero que
tenían un cerebro mucho más pequeño que el nuestro.

Estos primates vivían en grupos
pequeños, como familias extendidas de diez a doce individuos, formadas
por bebés, niños y adultos. Compartían sus alimentos y estaban inmersos
en una sensualidad recurrente. Además, los machos participaban en el
cuidado de las crías. Fue el nacimiento de lo que denominamos familia y
de nuestro linaje evolutivo. Y este vivir amoroso se ha conservado, ya
que el acto de amar está ligado a nuestra capacidad para conversar con
los demás y para emocionarnos. Por tanto, el amar y el lenguaje van
unidos de la mano.

EL AMAR ESTÁ INTIMAMENTE RELACIONADO CON EL ORIGEN Y DESARROLLO DEL LENGUAJE

Todo esto lo podemos definir hablando de nosotros como Homo sapiens-amans amans.
La palabra sapiens hace referencia a nuestra capacidad para el lenguaje
y para razonar reflexivamente, que es posible precisamente gracias a la
existencia del lenguaje. La expresión sapiens-amans asocia
esta capacidad para conversar con nuestra capacidad para amar, de
encontrarnos el uno con el otro, porque amar es la emoción que funda la
intimidad con el resto de los seres humanos, y precisamente este placer
de hacer cosas juntos es lo que hace posible que surja el lenguaje. El
segundo amans se refiere a que el amar ha sido, y sigue
siendo, la emoción que nos ha guiado, y aún nos guía, en la deriva
filogenética de nuestro linaje. Por tanto, podemos afirmar que la
emoción básica que nos hizo posibles y que todavía nos conserva en el
fluir de nuestra biología cultural es el amar.

Sin embargo, en el día a día, negamos
esta importancia de la emoción del amar, en nuestra propia existencia
como humanos en las comunidades que habitamos. Esto se debe a la
aparición de un yo separado del mundo en que vive, que limita la
observación de la existencia. Cuando observamos a los demás como “los
otros”, separados de nuestra idea de nosotros mismos, se desarrollan
las ideologías y los delirios de posesión de la verdad, que son formas
de convivir que niegan la reflexión.

El yo, sin fundamento social, hace lo
que hacemos desde nuestro cuerpo, distingue entre nosotros y los demás
y crea los mundos en los que vivimos las personas, en donde negamos las
verdades ajenas y solo consideramos ciertas aquellas que nos pertenecen
a nosotros. Es así como la cultura que vivimos, la que decide lo que
está bien y lo que está mal, utiliza la racionalidad como punto de
partida, como primera verdad absoluta, generando así dolor y
sufrimiento, pues niega el amar en las diferentes dimensiones de
nuestra existencia social.

NUESTRA CULTURA SE BASA EN LA RAZÓN Y DEVALÚA EL CONOCIMIENTO QUE PROVIENE DE LAS EMOCIONES

Como hemos mensionado al principio,
hablamos como si lo racional tuviese un fundamento que le da una
validez universal independiente de lo que nosotros hagamos como seres
vivos. Pertenecemos a una cultura que da a lo racional un carácter
trascendente, y un carácter arbitrario a lo que proviene de nuestras
emociones. Por eso nos cuesta aceptar el fundamento emocional de lo
racional. Además, nos parece que ser emocionales es incluso un
problema, pues nos expone al caos de la sinrazón, donde cualquier cosa
parece posible. Ocurre, sin embargo, que el vivir no ocurre en el caos,
y que hay caos sólo cuando perdemos nuestra referencia emocional y no
sabemos qué queremos hacer, porque nos encontramos recurrentemente en
emociones contradictorias.

Vivimos, pues, en una cultura que ha
desvalorizado las emociones en función de una supervaloración de la
razón, en un deseo de decir que nosotros, los humanos, nos
diferenciamos de los otros animales en que somos seres racionales. Pero
resulta que somos mamíferos y, como tales, somos animales que vivimos
en la emoción. Las emociones no son oscurecimientos del entendimiento
ni restricciones de la razón; las emociones son dinámicas corporales
que nos guían en nuestra vida, que nos marcan la dirección hacia donde
movernos. Así pues, el vivir humano se da en un continuo
entrelazamiento de acciones y de emociones en lo que distinguimos como
un conversar, que es más que hablar y más que dialogar: es un danzar
juntos.

LAS EMOCIONES NOS GUIAN Y, SI LAS OBSERVAMOS, PODREMOS ENTENDER NUESTRAS ACCIONES

Si queremos entender las acciones
humanas, no tenemos que fijarnos en los movimientos o en los actos en
sí sino en las emociones que los posibilitan. Así, un choque entre dos
personas se vivirá como una agresión o como un accidente según sea la
emoción en la que se encuentren los involucrados. No es el encuentro lo
que define lo que ocurre sino la emoción.

Es
dificil darnos cuenta de esto, a menos que, debido a alguna
circunstancia que nos empuje a la reflexión, soltemos las certidumbres
que guían nuestro hacer y miremos las redes de conversaciones de
nuestro convivir. Así, viendo si nos gusta participar de ellas o no,
podemos seguir el camino que llevamos o cambiar conscientemente de
rumbo. Al fin y al cabo, nacemos y crecemos en una cultura que creamos
inconscientemente en nuestro vivir, pero no estamos atrapados en ella.
La reflexión es siempre la oportunidad para salir de cualquier trampa
psíquica, si queremos.

SOMOS LIBRES SI PROFUNDIZAMOS EN LO QUE SENTIMOS Y DUDAMOS DE LO ESTABLECIDO CULTURALMENTE

La experiencia de la libertad consiste
simplemente en sumergirnos en la reflexión, en salir de la cultura que
hemos aceptado como cierta solo porque nos lo han dictado así la razón
imperante. Debemos reconocer que no somos de ninguna manera
trascendentes sino que devenimos en un continuo ser cambiante o
estable, pero no absoluto o necesariamente para siempre.

Si por ejemplo, decimos que un niño es
de una cierta manera –bueno, malo, inteligente o tonto–, basamos
nuestra relación con el pequeño de acuerdo a lo que oímos acerca de él.
El niño, a menos que se acepte y se respete a sí mismo, no tendrá
escapatoria y caerá en la trampa de la no aceptación y el no respeto a
sí mismo, porque solamente podrá ser, en su relación con los demás,
algo dependiente de lo que surja como niño bueno, o malo, o
inteligente, o tonto. Y si el niño no puede aceptarse y respetarse a sí
mismo, no podrá tampoco aceptar y respetar al otro: temerá, envidiará o
despreciará, pero no aceptará ni respetará.

Sin embargo, existe una manera de que
esto no ocurra. No hemos de pensar o sentir que tenemos que cambiar o
que hay algo en nosotros que está mal. Sin aceptación ni respeto por
nosotros mismos, no podemos aceptar ni respetar al otro, y sin aceptar
al otro como alguien legítimo en la convivencia, no hay fenómeno
social. La clave para aceptarnos y respetarnos reside en nuestra
capacidad para reflexionar sobre nuestros quehaceres. Debemos respetar
nuestros errores y tratarlos como oportunidades legítimas de cambio.

En fin, la responsabilidad se da cuando
nos damos cuenta de que nuestras acciones tienen consecuencias. y la
libertad viene de llevarlas a cabo y asumir estas mismas consecuencias.
Es decir, que responsabilidad y libertad surgen en la reflexión que
expone nuestro quehacer en el ámbito de las emociones. En el proceso de
querer estas acciones o no, debemos darnos cuenta de que el mundo en
que vivimos depende de lo que nosotros deseemos.

TENEMOS LA POSIBILIDAD DE CREAR NUESTRO MUNDO AL ACTUAR DE ACUERDO A LO QUE SENTIMOS

Solo desde la emoción podemos
comunicarnos de una manera verdadera con los demás. Las emociones son
conductas de relación entre unos y otros, modos de comportarse que
influyen en las acciones de todos. Por tanto, las emociones
constituyen, a cada instante, el lugar donde se produce la convivencia
entre todos los seres vivos. Lo único que podemos experimentar como
real, desde nuestra experiencia como humanos y como animales, es lo que
sentimos. Y eso, además, es lo único que podemos compartir con los
demás. Por eso, el amar es la base de nuestro sello como especie y es
la posibilidad de vivir la libertad, sea cuales sean las condiciones de
vida que nuestro vivir y convivir han generado.

De: http://www.elciudadano.cl/2009/12/01/la-emocion-como-motor-de-la-vida/


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