Posteado por: danieliturra | 26 julio, 2009

“Elogio de la ociosidad” de de Bertrand Russell.

Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán "La
ociosidad es la madre de todos los vicios". Niño profundamente
virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me
ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. Pero, aunque mi
conciencia haya controlado mis actos, mis opiniones han experimentado
una revolución. Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la
creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que
lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo
completamente distinto de lo que siempre se ha predicado. Todo el mundo
conoce la historia del viajero que vio en Nápoles doce mendigos
tumbados al sol (era antes de la época de Mussolini) y ofreció una lira
al más perezoso de todos. Once de ellos se levantaron de un salto para
reclamarla, así que se la dio al duodécimo. Aquel viajero hacía lo
correcto. Pero en los países que no disfrutan del sol mediterráneo, la
ociosidad es más difícil y para promoverla se requeriría una gran
propaganda. Espero que, después de leer las páginas que siguen, los
dirigentes de la Asociación Cristiana de jóvenes emprendan una campaña
para inducir a los jóvenes a no hacer nada. Si es así, no habré vivido
en vano. Antes de presentar mis propios argumentos en favor de la
pereza, tengo que refutar uno que no puedo aceptar. Cada vez que
alguien que ya dispone de lo suficiente para vivir se propone ocuparse
en alguna clase de trabajo diario, como la enseñanza o la mecanografía,
se le dice, a él o a ella, que tal conducta lleva a quitar el pan de la
boca a otras personas, y que, por tanto, es inicua. Si este argumento
fuese válido, bastaría con que todos nos mantuviésemos inactivos para
tener la boca llena de pan. Lo que olvida la gente que dice tales cosas
es que un hombre suele gastar lo que gana, y al gastar genera empleo.
Al gastar sus ingresos, un hombre pone tanto pan en las bocas de los
demás como les quita al ganar. El verdadero malvado, desde este punto
de vista, es el hombre que ahorra. Si se limita a meter sus ahorros en
un calcetín, como el proverbial campesino francés, es obvio que no
genera empleo. Si invierte sus ahorros, la cuestión es menos obvia, y
se plantean diferentes casos.




Una de las cosas que con más frecuencia se hacen con los ahorros es
prestarlos a algún gobierno. En vista del hecho de que el grueso del
gasto público de la mayor parte de los gobiernos civilizados consiste
en el pago de deudas de guerras pasadas o en la preparación de guerras
futuras, el hombre que presta su dinero a un gobierno se halla en la
misma situación que el malvado de Shakespeare que alquila asesinos. El
resultado estricto de los hábitos de ahorro del hombre es el incremento
de las fuerzas armadas del estado al que presta sus economías. Resulta
evidente que sería mejor que gastara el dinero, aun cuando lo gastara
en bebida o en juego.




Pero -se me dirá- el caso es absolutamente distinto cuando los ahorros
se invierten en empresas industriales. Cuando tales empresas tienen
éxito y producen algo útil, se puede admitir. En nuestros días, sin
embargo, nadie negará que la mayoría de las empresas fracasan. Esto
significa que una gran cantidad de traba o humano, que hubiera podido
dedicarse a producir algo susceptible de ser disfrutado, se consumió en
la fabricación de máquinas que, una vez construidas, permanecen paradas
y no benefician a nadie. Por ende, el hombre que invierte sus ahorros
en un negocio que quiebra, perjudica a los demás tanto como a sí mismo.
Si gasta su dinero -digamos- en dar fiestas a sus amigos, éstos se
divertirán -cabe esperarlo-, al tiempo en que se beneficien todos
aquellos con quienes gastó su dinero, como el carnicero, el panadero y
el contrabandista de alcohol. Pero si lo gasta -digamos- en tender
rieles para tranvías en un lugar donde los tranvías resultan
innecesarios, habrá desviado un considerable volumen de trabajo por
caminos en los que no dará placer a nadie. Sin embargo, cuando se
empobrezca por el fracaso de su inversión, se le considerará víctima de
una desgracia inmerecida, en tanto que al alegre derrochador, que gastó
su dinero filantrópicamente, se le despreciará como persona alocada y
frívola.




Nada de esto pasa de lo preliminar. Quiero decir, con toda seriedad,
que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el
mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa
por una reducción organizada de aquél.




Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de trabajo; la primera:
modificar la disposición de la materia en, o cerca de, la superficie de
la tierra, en relación con otra materia dada; la segunda: mandar a
otros que lo hagan. La primera clase de trabajo es desagradable y está
mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada. La segunda clase
es susceptible de extenderse indefinidamente: no solamente están los
que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué
órdenes deben darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres
dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama
política. Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de
los temas acerca de los cuales ha de darse consejo, sino el
conocimiento del arte de hablar y escribir persuasivamente, es decir,
del arte de la propaganda.




En Europa, aunque no en Norteamérica, hay una tercera clase de hombres,
más respetada que cualquiera de las clases de trabajadores. Hay hombres
que, merced a la propiedad de la tierra, están en condiciones de hacer
que otros paguen por el privilegio de que les consienta existir y
trabajar. Estos terratenientes son gentes ociosas, y por ello cabría
esperar que yo los elogiara. Desgraciadamente, su ociosidad solamente
resulta posible gracias a la laboriosidad de otros; en efecto, su deseo
de cómoda ociosidad es la fuente histórica de todo el evangelio del
trabajo. Lo último que podrían desear es que otros siguieran su ejemplo.




Desde el comienzo de la civilización hasta la revolución industrial, un
hombre podía, por lo general, producir, trabajando duramente, poco más
de lo imprescindible para su propia subsistencia y la de su familia,
aun cuando su mujer trabajara al menos tan duramente como él, y sus
hijos agregaran su trabajo tan pronto como tenían la edad necesaria
para ello. El pequeño excedente sobre lo estrictamente necesario no se
dejaba en manos de los que lo producían, sino que se lo apropiaban los
guerreros y los sacerdotes. En tiempos de hambruna no había excedente;
los guerreros y los sacerdotes, sin embargo, seguían reservándose tanto
como en otros tiempos, con el resultado de que muchos de los
trabajadores morían de hambre.




Este sistema perduró en Rusia hasta 1917 [*] y todavía perdura en
Oriente; en Inglaterra, a pesar de la revolución industrial, se mantuvo
en plenitud durante las guerras napoleónicas y hasta hace cien años,
cuando la nueva clase de los industriales ganó poder. En Norteamérica,
el sistema terminó con la revolución, excepto en el Sur, donde
sobrevivió hasta la guerra civil. Un sistema que duró tanto y que
terminó tan recientemente ha dejado, como es natural, una huella
profunda en los pensamientos y las opiniones de los hombres. Buena
parte de lo que damos por sentado acerca de la conveniencia del trabajo
procede de este sistema, y, al ser preindustrial, no está adaptado al
mundo moderno. La técnica moderna ha hecho posible que el ocio, dentro
de ciertos límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco
numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la
comunidad. La moral del trabajo es la moral de los ‘esclavos, y el
mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.




Es evidente que, en las comunidades primitivas, los campesinos, de
haber podido decidir, no hubieran entregado el escaso excedente con que
subsistían los guerreros y los sacerdotes, sino que hubiesen producido
menos o consumido más. Al principio, era la fuerza lo que los obliga-ba
a producir y entregar el excedente. Gradualmente, sin embargo, resultó
posible inducir a muchos de ellos a aceptar una ética según la cual era
su deber trabajar intensamente, aunque parte de su trabajo fuera a
sostener a otros, que permanecían ociosos. Por este medio, la
compulsión requerida se fue reduciendo y los gastos de gobierno
disminuyeron. En nuestros días, el noventa y nueve por ciento de los
asalariados británicos, se sentirían realmente impresionados si se les
dijera que el rey no debe tener ingresos mayores que los de un
trabajador. El deber, en términos históricos, ha sido un medio, ideado
por los poseedores del poder, para inducir a los demás a vivir para el
interés de sus amos mas que para su propio interés. Por supuesto, los
poseedores del poder también han hecho lo propio aún ante si mismos, y
sé las arreglan para creer que sus intereses son idénticos a los más
grandes intereses de la humanidad. A veces esto es cierto; los
atenienses propietarios de esclavos, por ejemplo, empleaban parte de su
tiempo libre en hacer una contribución permanente a la civilización,
que hubiera sido imposible bajo un sistema económico justo. El tiempo
libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el
trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el
trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno, sino
porque el ocio es bueno. Y con la técnica moderna sería posible
distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para la civilización.




La técnica moderna ha hecho posible reducir enormemente la cantidad de
trabajo requerida para asegurar lo imprescindible para la vida de
todos. Esto se hizo evidente durante la guerra. En aquel tiempo, todos
los hombres de las fuerzas armadas, todos los hombres y todas las
mujeres ocupados en la fabricación de municiones, todos los hombres y
todas las mujeres ocupados en espiar, en hacer propaganda bélica o en
las oficinas del gobierno relacionadas con la guerra, fueron apartados
de las ocupaciones productivas. A pesar de ello, el nivel general de
bienestar físico entre los asalariados no especializados de las
naciones aliadas fue más alto que antes y que después. La significación
de este hecho fue encubierta por las finanzas: los préstamos hacían
aparecer las cosas como si el futuro estuviera alimentando al presente.
Pero esto, desde luego, hubiese sido imposible; un hombre no puede
comerse una rebanada de pan que todavía no existe. La guerra demostró
de modo concluyente que la organización científica de la producción
permite mantener las poblaciones modernas en un considerable bienestar
con sólo una pequeña parte de la capacidad de trabajo del mundo entero.
Si la organización científica, que se había concebido para liberar
hombres que lucharan y fabricaran municiones, se hubiera mantenido al
finalizar la guerra, y se hubiesen reducido a cuatro las horas de
trabajo, todo hubiera ido bien. En lugar de ello, fue restaurado el
antiguo caos: aquellos cuyo trabajo se necesitaba se vieron obligados a
trabajar largas horas, y al resto se le dejó morir de hambre por falta
de empleo. ¿Por qué? Porque el trabajo es un deber, y un hombre no debe
recibir salarios proporcionados a lo que ha producido, sino
proporcionados a su virtud, demostrada por su laboriosidad.




Ésta es la moral del estado esclavista, aplicada en circunstancias
completamente distintas de aquellas en las que surgió. No es de
extrañar que el resultado haya sido desastroso. Tomemos un ejemplo.
Supongamos que, en un momento determinado, cierto número de personas
trabaja en la manufactura de alfileres. Trabajando -digamos- ocho horas
por día, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa
un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos
veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita
duplicar ese número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos, que
difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior. En un
mundo sensato, todos los implicados en la fabricación de alfileres
pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás
continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría
desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho horas; hay demasiados
alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de los hombres
anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y
quedan sin trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro
plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente ociosos,
mientras la otra mitad sigue trabajando demasiado. De este modo, queda
asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria por todas
partes, en lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede
imaginarse algo más insensato?




La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido
escandalosa para los ricos. En Inglaterra, a principios del siglo XIX,
la jornada normal de trabajo de un hombre era de quince horas; los
niños hacían la misma jornada algunas veces, y, por lo general,
trabajrán doce horas al día. Cuando los entrometidos apuntaron que
quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les dijeron que el trabajo
aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Cuando yo era
niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido
el voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran
indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído a una anciana
duquesa decir: "¿Para qué quieren las fiestas los pobres? Deberían
trabajar". Hoy, las gentes son menos francas, pero el sentimiento
persiste, y es la fuente de gran parte de nuestra confusión económica.




Consideremos por un momento francamente, sin superstición, la ética del
trabajo. Todo ser humano, necesariamente, consume en el curso de su
vida cierto volumen del producto del trabajo humano. Aceptando, cosa
que podemos hacer, que el trabajo es, en conjunto, desagradable,
resulta injusto que un hombre consuma más de lo que produce. Por
supuesto, puede prestar algún servicio en lugar de producir artículos
de consumo, como en el caso de un médico, por ejemplo; pero algo ha de
aportar a cambio de su manutención y alojamiento. En esta medida, el
deber de trabajar ha de ser admitido; pero solamente en esta medida.




No insistiré en el hecho de que, en todas las sociedades modernas,
aparte de la URSS, mucha gente elude aun esta mínima cantidad de
trabajo; por ejemplo, todos aquellos que heredan dinero y todos
aquellos que se casan por dinero. No creo que el hecho de que se
consienta a éstos permanecer ociosos sea casi tan perjudicial como el
hecho de que se espere de los asalariados que trabajen en exceso o que
mueran de hambre.




Si el asalariado Ordinario trabajase cuatro horas al día, alcanzaría
para todos y no habría paro -dando por supuesta cierta muy moderada
cantidad de organización sensata-. Esta idea escandaliza a los ricos
porque están convencidos de que el pobre no sabría cómo emplear tanto
tiempo libre. En Norteamérica, los hombres suelen trabajar largas
horas, aun cuando ya estén bien situados; estos hombres, naturalmente,
se indignan ante la idea del tiempo libre de los asalariados, excepto
bajo la forma del inflexible castigo del paro; en realidad, les
disgusta el ocio aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño,
mientras desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede tiempo
para civilizarse, no les importa que sus mujeres y sus hijas no tengan
ningún trabajo en absoluto. La esnob atracción por la inutilidad, que
en una sociedad aristocrática abarca a los dos sexos, queda, en una
plutocracia, limitada a las mujeres; ello, sin embargo, no la pone en
situación más acorde con el sentido común.




El sabio empleo del tiempo libre -hemos de admitirlo- es un producto de
la civilización y de la educación. Un hombre que ha trabajado largas
horas durante toda su vida se aburrirá si queda súbitamente ocioso.
Pero, sin una cantidad considerable de tiempo libre, un hombre se verá
privado de muchas de las mejores cosas. Y ya no hay razón alguna para
que el grueso de la gente haya de sufrir tal privación; solamente un
necio ascetismo, generalmente vicario, nos lleva a seguir insistiendo
en trabajar en cantidades excesivas, ahora que ya no es necesario.




En el nuevo credo dominante en el gobierno de Rusia, así como hay mucho
muy diferente de la tradicional enseñanza de Occidente, hay algunas
cosas que no han cambiado en absoluto. La actitud de las clases
gobernantes, y especialmente de aquellas que dirigen la propaganda
educativa respecto del tema de la dignidad del trabajo, es casi
exactamente la misma que las clases gobernantes de todo el mundo han
predicado siempre a los llamados pobres honrados. Laboriosidad,
sobriedad, buena voluntici. para trabajar largas horas a cambio de
lejanas ventajas, inclusive sumisión a la autoridad, todo reaparece;
por añadidura, la autoridad todavía representa la voluntad del Soberano
del Universo. Quien, sin embargo, recibe ahora un nuevo nombre:
materialismo dialéctico.




La victoria del proletariado en Rusia tiene algunos puntos en común con
la victoria de las feministas en algunos otros países. Durante siglos,
los hombres han admitido la superior santidad de las mujeres, y han
consolado a las mujeres de su inferioridad afirmando que la santidad es
más deseable que el poder. Al final, las feministas decidieron tener
las dos cosas, ya que las precursoras de entre ellas creían todo lo que
los hombres les habían dicho acerca de lo apetecible de la virtud, pero
no lo que les habían dicho acerca de la inutilidad del poder político.
Una cosa similar ha ocurrido en Rusia por lo que se refiere al trabajo
manual. Durante siglos, los ricos y sus mercenarios han escrito en
elogio del trabajo honrado, han alabado la vida sencilla, han profesado
una religión que enseña que es mucho más probable que vayan al cielo
los pobres que los ricos y, en general, han tratado de hacer creer a
los trabajadores manuales que hay cierta especial nobleza en modificar
la situación de la materia en el espacio, tal y como los hombres
trataron de hacer creer a las mujeres que obtendrían cierta especial
nobleza de su esclavitud sexual. En Rusia, todas estas enseñanzas
acerca de la excelencia del trabajo manual han sido tomadas en serio,
con el resultado de que el trabajador manual se ve más honrado que
nadie. Se hacen lo que, en esencia, son llamamientos a la resurrección
de la fe, pero no con los antiguos propósitos: se hacen para asegurar
los trabajadores de choque necesarios para tareas especiales. El
trabajo manual es el ideal que se propone a los jóvenes, y es la base
de toda enseñanza ética.




En la actualidad, posiblemente, todo ello sea para bien. Un país
grande, lleno de recursos naturales, espera el desarrollo, y ha de
desarrollarse haciendo un uso muy escaso del crédito. En tales
circunstancias, el trabajo duro es necesario, y cabe suponer que
reportará una gran recompensa. Pero ¿qué sucederá cuando se alcance el
punto en que todo el mundo pueda vivir cómodamente sin trabajar largas
horas?




En Occidente tenemos varias maneras de tratar este problema. No
aspiramos a Injusticia económica; de modo que una gran proporción del
producto total va a parar a manos de una pequeña minoría de la
población, muchos de cuyos componentes no trabajan en absoluto. Por
ausencia de todo control centralizado de la producción, fabricamos
multitud de cosas que no hacen falta. Mantenemos ocioso un alto
porcentaje de la población trabajadora, ya que podemos pasarnos sin su
trabajo haciendo trabajar en exceso a los demás. Cuando todos estos
métodos demuestran ser inadecuados, tenemos una guerra: mandamos a un
cierto número de personas a fabricar explosivos de alta potencia y a
otro número determinado a hacerlos estallar, como si fuéramos niños que
acabáramos de descubrir los fuegos artificiales. Con una combinación de
todos estos dispositivos nos las arreglamos, aunque con dificultad,
para mantener viva la noción de que el hombre medio debe realizar una
gran cantidad de duro trabajo manual.




En Rusia, debido a una mayor justicia económica y al control
centralizado de la producción, el problema tiene que resolverse de
forma distinta. La solución racional sería, tan pronto como se pudiera
asegurar las necesidades primarias y las comodidades elementales para
todos, reducir las horas de trabajo gradualmente, dejando que una
votación popular decidiera, en cada nivel, la preferencia por más ocio
o por más bienes. Pero, habiendo enseñado la suprema virtud del trabajo
intenso, es dificil ver cómo pueden aspirar las autoridades a un
paraíso en el que haya mucho tiempo libre y poco trabajo. Parece más
probable que encuentren continuamente nuevos proyectos en nombre de los
cuales la ociosidad presente haya de sacrificarse a la productividad
futura. Recientemente he leído acerca de un ingenioso plan propuesto
por ingenieros rusos para hacer que el mar Blanco y las costas
septentrionales de Siberia se calienten, construyendo un dique a lo
largo del mar de Kara. Un proyecto admirable, pero capaz de posponer el
bienestar proletario por toda una generación, tiempo durante el cual la
nobleza del trabajo sería proclamada en los campos helados y entre las
tormentas de nieve del océano Ártico. Esto, si sucede, será el
resultado de considerar la virtud del trabajo intenso como un fin en sí
misma, más que como un medio para alcanzar un estado de cosas en el
cual tal trabajo ya no fuera necesario.




El hecho es que mover materia de un lado a otro, aunque en cierta
medida es necesario para nuestra existencia, no es, bajo ningún
concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera, tendríamos
que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare. Hemos sido
llevados a conclusiones erradas en esta cuestión por dos causas. Una es
la necesidad de tener contentos a los pobres, que ha impulsado a los
ricos durante miles de años, a reivindicar la dignidad del trabajo,
aunque teniendo buen cuidado de mantenerse indignos a este respecto. La
otra es el nuevo placer del mecanismo, que nos hace deleitarnos en los
cambios asombrosamente inteligentes que podemos producir en la
superficie de la tierra. Ninguno de esos motivos tiene gran atractivo
para el que de verdad trabaja. Si le preguntáis cuál es la que
considera la mejor parte de su vida, no es probable que os responda:
"Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando
cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta
pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es
cierto que mi cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo
mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y
puedo volver a la labor de la que procede mi contento". Nunca he oído
decir estas cosas a los trabajadores.




Consideran el trabajo como debe ser considerado como un medio necesario
para ganarse el sustento, y, sea cual fuere la felicidad que puedan
disfrutar, la obtienen en sus horas de ocio.




Podrá decirse que, en tanto que un poco de ocio es agradable, los
hombres no sabrían cómo llenar sus días si solamente trabajaran cuatro
horas de las veinticuatro. En la medida en que ello es cierto en el
mundo moderno, es una condena de nuestra civilización; no hubiese sido
cierto en ningún período anterior. Antes había una capacidad para la
alegría y los juegos que, hasta cierto punto, ha sido inhibida por el
culto a la eficiencia. El hombre moderno piensa que todo debería
hacerse por alguna razón determinada, y nunca por sí mismo. Las
personas serias, por ejemplo, critican continuamente el hábito de ir al
cine, y nos dicen que induce a los jóvenes al delito. Pero todo el
trabajo necesario para construir un cine es respetable, porque es
trabajo y porque produce beneficios económicos. La noción de que las
actividacles deseables son aquellas que producen beneficio económico lo
ha puesto todo patas arriba. El carnicero que os provee de carne y el
panadero que os provee de pan son merecedores de elogio, ganando
dinero; pero cuando vosotros digeris el alimento que ellos os han
suministrado, no sois más que unos frívolos, a menos que comáis tan
sólo para obtener energías para vuestro trabajo. En un sentido amplio,
se sostiene que, ganar dinero es bueno mientras que gastarlo es malo.
Teniendo en cuenta que son dos aspectos de la misma transaccion, esto
es absurdo; del mismo modo que podriamos sostener que las llaves son
buenas, pero que los ojos de las cerraduras son malos. Cualquiera que
sea el mérito que pueda haber en la producción de bienes, debe
derivarse enteramente de la ventaja que se obtenga consumiéndolos. El
individuo, en nuestra sociedad, trabaja por un beneficio, pero el
propósito social de su trabajo radica en el consumo de lo que él
produce.




Este divorcio entre los propósitos individuales y los sociales respecto
de la producción es lo que hace que a los hombres les resulte tan
difícil pensar con claridad en un mundo en el que la obtención de
beneficios es el incentivo de la industria. Pensamos demasiado en la
producción y demasiado poco en el consumo. Como consecuencia de ello,
concedemos demasiado poca importancia al goce y a la felicidad
sencilla, y no juzgamos la producción por el placer que da al
consumidor.




Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no
intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente
malgastarse en puras frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de
trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de
primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el
resto de su tiempo debería ser de él para emplearlo como creyera
conveniente. Es una parte esencial de cualquier sistema social de tal
especie el que la educación va a más allá del punto que generalmente
alcanza en la actualidad y se proponga, en parte, despertar aficiones
que capaciten al hombre para usar con inteligencia su tiempo libre. No
pienso especialmente en la clase de cosas que pudieran considerarse
pedantes. Las danzas campesinas han muerto, excepto en remotas regiones
rurales, pero los impulsos que dieron lugar a que se las cultivara
deben de existir todavía en la naturaleza humana. Los placeres de las
poblaciones urbanas han llevado a la mayoria a ser pasivos: ver
películas, observar partidos de fútbol, escuchar la radio, y así
sucesivamente. Ésto resulta del hecho de que sus energías activas se
consuman solamente en el trabajo; si tuvieran más tiempo libre,
volverían a divertirse con juegos en los que hubieran de tomar parte
activa.




En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase
trabajadora. La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban
en la justicia social; esto la hacía necesariamente opresiva, limitaba
sus simpatías y la obligaba a inventar teorías que justificasen sus
privilegios. Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero, a
pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos
civilización. Cultivó las artes, descubrió las ciencias, escribió los
libros, inventó las máquinas y refinó las relaciones sociales. Aun la
liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde
arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la
barbarie.




El sistema de una clase ociosa hereditaria sin obligaciones era, sin
embargo, extraordinariamente ruinoso. No se había enseñado a ninguno de
los miembros de esta clase a ser laborioso, y la clase, en conjunto, no
era excepcionalmente inteligente. Esta clase podía producir un Darwin,
pero contra él habrían de señalarse decenas de millares de hidalgos
rurales que jamás pensaron en nada más inteligente que la caza del
zorro y el castigo de los cazadores furtivos. Actualmente, se supone
que las universidades proporcionan, de un modo más sistemático, lo que
la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como un subproducto.
Esto representa un gran adelanto, pero tiene ciertos inconvenientes. La
vida de universidad es, en definitiva, tan diferente de la vida en el
mundo, que las personas que viven en un ambiente académico tienden a
desconocer las preocupaciones y los problemas de los hombres y las
mujeres corrientes; por añadidura, sus medios de expresión suelen ser
tales, que privan a sus opiniones de la influencia que debieran tener
sobre el público en general. Otra desventaja es que en las
universidades los estudios estan organizados, y es probable que el
hombre que se le ocurre alguna línea de investigación original se
sienta desanimado. Las instituciones académicas, por tanto, si bien son
útiles, no son guardianes adecuados de los intereses de la civilización
en un mundo donde todos los que quedan fuera de sus muros están
demasiado ocupados para atender a propósitos no utilitarios.




En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al
día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo
pintor’ podrá pintar sin morirse de hambre, no importa lo maravillosos
que puedan ser sus cuadros. Los escritores jóvenes no se verán forzados
a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con
miras a obtener la independencia económica que se necesita para las
obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la
oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad. Los hombres que en
su trabajo profesional se interesen por algún aspecto de la economía o
de la administración, será capaz de desarrollar sus ideas sin el
distanciamiento académico, que suele hacer aparecer carentes de
realismo las obras de los economistas universitarios. Los médicos
tendrán tiempo de aprender acerca de los progresos de la medicina; los
maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos
rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede
haber sido demostrada en el intervalo.




Sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir, en lugar de nervios
gastados, cansancio y dispepsia. El trabajo exigido bastará para hacer
del ocio algo delicioso, pero no para producir agotamiento. Puesto que
los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán
solamente distracciones pasivas e insípidas. Es probable que al menos
un uno por ciento dedique el tiempo que no le consuma su trabajo
profesional a tareas de algún interés público, y, puesto que no
dependerá de tales tareas para ganarse la vida, su originalidad no se
verá estorbada y no habrá necesidad de conformarse a las normas
establecidas por los viejos eruditos. Pero no solamente en estos casos
excepcionales se manifestarán las ventajas del ocio. Los hombres y las
mujeres corrientes, al tener la oportunidad de una vida feliz, llegarán
a ser más bondadosos y menos inoportunos, y menos inclinados a mirar a
los demás con suspicacia. La afición a la guerra desaparecerá, en parte
por la razón que antecede y en parte porque supone un largo y duro
trabajo para todos. El buen carácter es, de todas las cualidades
morales, la que más necesita el mundo, y el buen carácter es la
consecuencia de la tranquilidad y la seguridad, no de una vida de ardua
lucha. Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad
de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el
exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí,
hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en
esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo
necios para siempre.

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