Posteado por: danieliturra | 8 marzo, 2009

Revista H: Fe y Razón, por Roberto Calasso

En
esta conferencia dictada en el PEN Festival 2006, en el Town Hall de
Nueva York, donde también participaron Martin Amis, Toni Morrison y
Salman Rusdhie, el gran pensador italiano Roberto Calasso indaga sobre
el significado y uso contemporáneo de dos conceptos a menudo invocados
y mal utilizados: fe y razón. El autor de La locura que viene de las
ninfas (Sexto Piso) demuestra de manera contundente, recurriendo a la
etimología sáscrita, que de ninguna forma son conceptos antagónicos
sino que, bien comprendidos, pueden complementarse de manera armónica.

Cuando me dijeron que nuestra reunión de hoy estaría centrada en las
palabras fe y razón, pensé enseguida: está perfectamente acorde con la
tradición del PEN Club, que siempre ha querido ocuparse de los
perseguidos. De hecho, así me parecen estas dos palabras, que cada día
sufren abusos, maltratos, violaciones. A tal grado que algunas
personas, de las cuales podríamos esperar oírlas con frecuencia, por el
contrario las evitan.

De hecho, lo que nuestro mundo requiere con urgencia es aquella
operación que, según Confucio, debería anteceder a cualquier otra: la
rectificación de los nombres. Como se lee en sus Dichos: «Una vez un
discípulo le preguntó: “Si un rey un día os encargara un territorio
para gobernarlo según vuestras ideas, ¿qué haríais en primer lugar?”.
Confucio contestó: “Rectificaría los nombres”». Y luego le explicó a su
desconcertado discípulo: si los nombres no son correctos, si no
corresponden a la realidad, el lenguaje no tiene objeto. Si el lenguaje
no tiene objeto, la acción se vuelve imposible −y así todos los asuntos
humanos se disgregan y administrarlos llega a ser fútil e imposible.
Por lo tanto, la primera tarea de un verdadero hombre de Estado es la
de rectificar los nombres.

Tratemos ahora de aplicar estas palabras a nuestro mundo –y es
plausible que nos sintamos sobrecogidos por una sensación de parálisis,
ya que sería arduo encontrar aunque fuese sólo una entre las palabras
fundamentales de la cual se pueda decir que es usada de manera
generalmente aceptable. Si ahora miramos a nuestro alrededor e
intentamos atravesar una parte cualquiera del mundo, encontraremos
inevitablemente enjambres de personas que se refieren a la palabra fe
–y a veces la esgrimen de manera amenazadora. Sin embargo, si pensamos
que la palabra fe tiene que estar de algún modo relacionada con lo
divino y con lo sagrado, enseguida nos asalta una fuerte perplejidad.
Lo anterior porque muchos de los que ostentan su fe parecen no tener
una noción precisa ni de lo divino ni de lo sagrado. Y también así, si
la palabra fe debe en alguna medida corresponder a la definición más
densa que hasta hoy de ella se ha proporcionado –la definición que se
encuentra en el Paraíso de Dante y traduce un pasaje de la Epístola a
los Hebreos: «Fe es la certeza de lo que se espera / y la convicción de
lo que no se ve»−, es muy cuestionable que hoy anime verdaderamente a
un elevado número de aquellas innumerables personas que se declaran
“fieles”. Al menos porque no muchos parecen compartir la percepción
precisa de una realidad invisible, que es el presupuesto de la
definición de Dante. En cambio, se aprecia de inmediato algo más tanto
en el Oeste como en el Este, en el Norte como en el Sur: la palabra fe
se ha convertido, para un extenso número de personas, en el más eficaz
entre los aglutinantes sociales, el único que proporciona una reserva
inagotable de certezas, con base en las cuales las acciones más
diversas pueden ser realizadas, las más inofensivas pero también las
más perniciosas, sin necesidad de justificaciones ulteriores. Y esto de
por sí vuelve potencialmente dañina cualquier acción.

El sentido de la Gemeinschaft, de la «comunidad», anhelado por
ciertos sociólogos pasados de moda como Tönnies y vuelto quimera por el
mero propagarse del mundo técnico, es así reactivado y recobrado al
servirse de la palabra fe, que en este punto ya no tiene necesidad de
referirse a la percepción de una realidad invisible, sino que se
satisface con el calor animal emanado por la comunidad de los fieles.
Esto induce a una constatación muy amarga: que la verdadera religión
ecuménica de nuestro tiempo tiende a ser la sociedad misma, el «gran
animal» del que escribió Platón −y que Simone Weil reconoció a su
alrededor en la Europa de los años treinta.

Es una ironía no irrelevante de la historia el hecho de que un
discurso de una manera u otra paralelo al que versa en torno a la
palabra fe pueda ser aplicado a la palabra razón. En cierta parte de la
comunidad científica y en un amplio sector de la comunidad de los que
quieren imitar el pensamiento de la comunidad científica, la palabra
razón sigue siendo usada como una especie de remedio para todos los
males. Los que lo hacen son más bien los legítimos herederos de
aquellos positivistas de finales del siglo xix, los cuales afirmaban
que la conciencia y la mente eran epifenómenos secundarios que debían
ser reconducidos –una vez llegado el momento– a la madre de todas las
certezas y de toda razón: la materia. Mientras tanto –o sea en los
últimos cien años– la materia se ha convertido en el lugar de una
explosión progresiva de paradojas, a primera vista bastante
irracionales. Explosión que no parece haber concluido. En consecuencia,
nadie se ha vuelto tan desconfiado como los físicos −que cada día deben
abrirse paso entre aquellas paradojas−, sino es que incluso se han
vuelto sarcásticos, con respecto a la palabra razón.

En este punto parecería recomendable una sabia reserva –o por lo
menos cierta prudencia farmacológica con respecto a las dos palabras fe
y razón: úsense en pequeñas dosis. Si luego se quisiera buscar un
ejemplo en la dirección opuesta, un caso en el cual las dos palabras,
fe y razón, hayan actuado juntas, obedeciendo a presupuestos
transparentes y rigurosos, sería recomendable mirar hacia atrás en
dirección de un punto que está lejos de nosotros por casi tres mil
años. Pienso en una palabra sánscrita –sraddha−, que se encuentra muy a
menudo en los Brahmana, textos de exégesis litúrgica que se remontan a
la época védica. Marcel Mauss observó que sraddha corresponde, también
fonológicamente, al latín credo. Dumézil proponía traducirla como
«confianza tranquila». ¿Pero qué era esta fe védica? Ante todo una
convicción relativa a los actos rituales. Sin la sraddha, la fe en la
eficacia del acto que se está realizando, el sacrificio es vano. Y,
según el pensamiento védico, si el sacrificio es vano todo es vano. Por
lo tanto sraddha, la fe ritual, es la confianza, no demostrable sino
implícita en toda acción, en que lo visible actúe sobre lo invisible y
sobre todo que lo invisible actúe sobre lo visible. Los Brahmana
dedican a esta palabra las más audaces especulaciones. Y tratan también
de responder a una interrogante insidiosa: si no existiese nada que
fuera tangible, ¿cómo se podría llevar a cabo el sacrificio? La
respuesta nos llega a través del sabio Yajnavalkya. Si también faltaran
la leche y el fuego donde verterla, igualmente se podría celebrar el
más elemental de los sacrificios, el agnihotra. Pero ¿de qué manera?
«Ofreciendo como libación la verdad –satya– en la fe, sraddha», dijo
Yajnavalkya.

Sylvain Lévi traducía satya no como «verdad» sino como «exactitud».
Lo anterior nos hace sentir de modo aún más contundente cómo la
aspiración más tenaz de la razón –la adaequatio rei et intellectus−
puede conjugarse con un acto ritual. Y el nudo se aprieta en una
fórmula memorable, que se encuentra en el Aitareya Brahmana. Así la
traducía Lévi: «Confianza y exactitud; ésta es la pareja más bella».
Pero ¿existe en Occidente y en tiempos no demasiado lejanos algo que
vagamente recuerde esta fórmula? Posiblemente sí –y se le puede
encontrar en El hombre sin atributos de Musil, allá donde se cuenta que
Ulrich, el matemático protagonista de la novela, había imaginado
instituir una «Secretaría General de la Exactitud y del Alma». Aún más
que las Naciones Unidas es tal vez esa Secretaría la que nos haría
falta. Y quizás nunca como en este momento hemos estado tan lejos de
ella.

© Roberto Calasso, 2006.

© De la traducción, Valerio Negri.

PD: Libro XIII, 3  de "Las Analectas de Confucio"

Zîlù dijo: "El soberano de Wèi ha estado esperándoos, Maestro, para
que ordenarais el gobierno. ¿Qué es lo primero que habrá que hacer?".

Confucio respondió: "Lo que hace falta es rectificar los nombres".

Zîlù dijo: "¿De veras? Maestro, ¿no estáis tal vez perdiéndoos un poco?
¿Cuál es la razón de semejante rectificación?".

Confucio dijo: "¡Qué burdo eres! El hombre superior es cauto con lo que
no sabe.

"Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que
representan; y si las palabras no se ajustan a lo que representan, los
asuntos no se realizarán.

"Si los asuntos no se terminan, no prosperarán ni los ritos ni la
música. Si la música y los ritos no se desarrollan, no se aplicarán con
justicia penas y castigos, y si no se aplican penas y castigos con
justicia, el pueblo no sabrá cómo obrar.

"En consecuencia, el hombre superior precisa que los nombres se acomoden
a los significados y que los significados se ajusten a los hechos. En
las palabras del hombre superior no debe haber nada impropio."


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