Posteado por: danieliturra | 30 octubre, 2007

Dostoyevski. GRAN fragmento de “Los hermanos Karamazov”

Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No
tardaré en volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales
fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le espera siempre con la misma
fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo no
duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la
tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía
terrible que, precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen
con más fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él… Y
he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por espacio de tantos siglos, ha
gritado tanto "¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su
misericordia inagotable, bajar a la tierra.

Y he
aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada,
al pueblo sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la
acción es Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los cotidianos
soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.

No se trata de la venida prometida para la consumación
de los siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo de su gloria y
su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo
ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en
que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace
quince siglos, por espacio de treinta años.

Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la
víspera, el cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los magnates, los
caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más encantadoras damas de
la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la
multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le
reconocen.

El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se
agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los labios,
continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos fluyen la Luz, la
Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él
les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud
curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor,
cúrame para que pueda verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El
pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él pisa. Los niños tiran
flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser
Él! ¡No puede ser otro que Él!"

Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen
lamentos; unos jóvenes llevan en hombros a un pequeño ataúd blanco, abierto, en
el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de diecisiete años, hija de
un personaje de la ciudad.

-¡Él resucitará a tu hija! -le grita el pueblo a la
desconsolada madre.

El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con
asombro, al desconocido y frunce el ceño.

Pero la madre profiere:

-¡Si eres Tú, resucita a mi hija!

Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los
jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de nuevo
pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).

La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira
sorprendida en torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su madre
había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de estupor, clama, llora.

En el mismo momento en que se detiene el cortejo,
aparece en la plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa años,
alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos hundidos fulgura una llama
que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera;
el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia
ha sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.

Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo
Oficio le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre detenido, la
muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde lejos. Lo ve
todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta… Sus
espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.

-¡Prendedle! -les ordena a sus esbirros, señalando a
Cristo.

Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo
ante él, que la multitud se aparta, al punto, silenciosa, y los esbirros prenden
a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el pueblo se inclina al paso del
anciano y recibe su bendición.

Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo
Oficio y le encierran en una angosta y oscura celda.

Muere el día, y una noche de luna, una noche española,
cálida y olorosa a limoneros y laureles, le sucede.

De pronto, en las tinieblas, se abre la férrea puerta
del calabozo y penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose con una
linterna. La puerta se cierra tras él. El anciano se detiene a pocos pasos de
umbral y, sin hablar palabra, contempla, durante cerca de dos minutos, al preso.
Luego, avanza lentamente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:

-¿Eres Tú, en efecto?

Pero, sin esperar la respuesta, prosigue:

-No hables, calla. ¿Qué podrías decirme? Demasiado lo
sé. No tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Por qué
has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu venida es inoportuna. Mas yo te
aseguro que mañana mismo… No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia; sea
quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el peor de los
herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se
apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te
sorprenda…

Y el anciano, mudo y pensativo, sigue mirando al preso,
acechando la expresión de su rostro, serena y suave.

-El Espíritu terrible e inteligente -añade, tras una
larga pausa-, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló en el desierto,
y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse nada más profundo
que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje de
la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro
auténtico, evidente, ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales
preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por sí solo, un milagro!
Supongamos que hubieran sido borradas del libro, que hubiera que inventarlas,
que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos los
sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los
filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo
correspondan a la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple
interrogación, toda la historia de la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea
de todas las grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan alto, tan
formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso Espíritu? Esas
tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un
espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la
historia ulterior de la Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las
tres formas en que se concretan todas las contradicciones de la historia de
nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el porvenir era aún
desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo estaba previsto en
la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o
quien te interrogó?…

Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el
siguiente: "Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a
los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no les permiten
comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha
habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en
panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad
correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de
que tu mano depusiera su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras."
Pero tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te
horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad, y
contestaste que "no sólo de pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la
tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y
vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!"
Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay
crímenes y, por consiguiente, no hay pecado; que sólo hay hambrientos. "Dales
pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se alzarán
contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será derribado y,
en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera,
el esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado
a los hombres. Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor,
y nos buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos
-huyendo aún de la persecución, del martirio-, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que
nos habían prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y nosotros
acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que tendrán necesidad. Y se lo
daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su
ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero
acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!"
Comprenderán que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan
terrestre entre todos los hombres, dado que nunca -¡nunca!- sabrán repartírselo.
Se convencerán también de que son indignos de la libertad; débiles, viciosos,
necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo. ¿Crees que puede
ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo
incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a
miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de
millones no bastante fuertes para preferir el pan del cielo al pan de la tierra?
¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena del
mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son a tus ojos sino viles
instrumentos en manos de los grandes?… Nosotros amamos a esos pobres seres,
que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar.
Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su
libertad, una vez que hayamos aceptado el cetro que -¡tanto será el miedo que la
libertad acabará por inspirarles!- nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin
dejarte acercar a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira, constituirá
nuestra cruz.

Como ves, la primera de la tres preguntas encerraba el
secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima de todo,
cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto,
hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado
un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien
inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda
reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de
su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa
necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos,
el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa
quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha
dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del
mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de
nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto
fundamental de la naturaleza humana y, no obstante, rechazaste la única bandera
que te hubiera asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del pan
terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la libertad, y en
nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un
afán más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que
nace dotada tan miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la
libertad de los hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre se
hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan, porque el pan es una cosa
incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado de la
conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías
razón; el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de
la vida. Si el hombre no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir
a continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque disponga de una inmensa
provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer esa verdad? En vez de
coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la
libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea
la de la muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada,
también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios
sólidos que pudieran pacificar definitivamente la conciencia humana, la formaste
de cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto traspasa los
límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la vida por él!,
diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma
humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor,
libremente seguido. Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas,
sin más guía que tu ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿No se te alcanzaba
que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu verdad, abrumado bajo la
terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la
verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible,
envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie.
Si hubieras escuchado lo que se te proponía… Hay sobre la tierra tres únicas
fuerzas capaces de someter para siempre la conciencia de esos seres débiles e
indómitos -haciéndoles felices-: el milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no
quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó a la almena del
templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo,
porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la
proposición, no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un
dios; ¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías
que, sólo con intentar precipitarte, hubieras perdido la fe en tu Padre, y el
gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la tierra
que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti?
¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu
resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para
prescindir del milagro y contentarse con la libre elección del corazón, en esos
instantes terribles en que las preguntas vitales exigen una respuesta. Sabías
que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y resonaría en lo más
remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y esperabas que
el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así
que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de
los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.

Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y
creeremos en ti!", no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre con
el milagro, porque lo que deseabas de él era una creencia libre, no violentada
por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes
serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste
inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya
sido creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado
hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas.
¿Puede, acaso, hacer lo que tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él
demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le amas más que a ti
mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es débil y cobarde. El que hoy
se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello,
no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los hombres
son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula;
pero la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No
importa que derriben templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano,
comprenderán la inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener.
Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán que el que les ha
creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados. Y
esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado
mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.

La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de
los hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que, en su visión
simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección y que eran doce
mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone una
naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el
desierto, alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad,
enorgullecerte de esos hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfecho
del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en tu nombre. Pero no
olvides que se trata sólo de algunos miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y
el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles humanos, de
no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble
de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo
por los elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el
misterio, el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a
los hombres que deben someterse a él sin razonar, aun contra los dictados de su
conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la
hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres se
han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin,
del don funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien?
¿Se nos puede acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos
que tenemos conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su
fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal de que nos pida
permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus dulces y
penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para
qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en
tus ojos… Quizá quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye,
pues: no estamos contigo, estamos con Él…; nuestro secreto es ése. Hace mucho
tiempo -¡ocho siglos!- que no estamos contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que
recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote todos
los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros aceptamos y, dueños de
Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo,
nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta
mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo;
pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos
preocuparemos de la felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la
espada de César; ¿por qué rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho
todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras dado un amo, un
depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien unirse,
formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es
otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha
tendido a la unidad mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los
pueblos ese anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlán, los Gengis Kan que
recorren la tierra como un huracán devastador, obedecen, de un modo
inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado el
imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién debe reinar
sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las
manos?

Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos
contigo y nos unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual, de
pedantería y de antropofagia -los hombres, luego de erigir, sin nosotros, su
Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia-; pero la bestia acabará por
arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre.
Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se
leerá la palabra "Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los
hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te enorgullecerás de tus
elegidos, pero son una minoria: nosotros les daremos el reposo y la calma a
todos. Y aun de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los
elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por cansarse de esperar, cuántos han
empleado y emplearán contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su
corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros les daremos a
todos la felicidad, concluiremos con las revueltas y matanzas originadas por la
libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando
nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les
engañamos, cansados de las dudas y de los terrores que la libertad lleva
consigo. La independencia, el libre pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles
en tales tinieblas, a espantarlos con tales prodigios y exigencias, que los
menos suaves y dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero débiles y
violentos, se asesinarán, y otros -los más-, rebaño de cobardes y de miserables,
gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto y
volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"

No se les ocultará que el pan -obtenido con su propio
trabajo, sin milagro alguno- que reciben de nosotros se lo tomamos antes
nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las piedras en panes.
Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se
lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en panes, tampoco los
panes se convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al
cabo, el valor de la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién,
dime, quién ha puesto más de su parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha
dividido el rebaño y le ha dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se
reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya nada le dividirá ni lo
dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una felicidad en
armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí,
les predicaremos la humildad -no, como Tú, el orgullo. Les probaremos que son
débiles niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos.
Se tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra
nosotros como polluelos que buscan el abrigo del ala materna. Nos temerán y nos
admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos
necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y sus ojos,
como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con
qué facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave
alegría de los niños! Les obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los
organizaremos, para sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los
niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas. Hasta les permitiremos
pecar -¡su naturaleza es tan flaca! Y, como les permitiremos pecar, nos amarán
con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro
permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo
será para nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores.
Nos lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les permitiremos o les
prohibiremos vivir con sus mujeres o sus amantes y les consentiremos o no les
consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos someterán los
más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos en todo y por
todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el
cruel trabajo de elegir y de determinarse libremente.

Todos los millones de seres humanos serán así felices,
salvo unos cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto. Porque
nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por miles de millones, y
habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del
mal. Morirán en paz. pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán
la oscuridad de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los
hombres, por su bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a
sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de seguro, creado para ellos.
Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes
sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que nosotros
habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la
bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los
débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su
cuerpo impuro. Pero yo me levantaré entonces y te mostraré los miles de millones
de seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros que, por su bien,
habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos ante ti, diciendo:
"¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el
desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he
bendecido la libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número
de los fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para
sumarme al grupo de los que corrigen tu obra. He dejado a los orgullosos
para acudir en socorro de los humildes. Lo que te digo se realizará; nuestro
imperio será un hecho. Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un
rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te haré morir, por haber venido a
perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.

El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta
del preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin dejar de mirarle a
los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido evidentemente a no contestar
nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque hubiera
sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en
silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su
respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta,
la abre y dice:

-¡Vete y no vuelvas nunca…, nunca!

Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso
se aleja.

PD. Tremendo libro. Fragmento del Capítulo "El Gran Inquisidor"


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