Posteado por: danieliturra | 10 mayo, 2006

El Mundo Perfecto.

Dios de las almas perdidas, tú que estás perdido entre los dioses, escúchame:

Vivo entre una raza de hombres perfecta, yo, el más imperfecto de los hombres.

Yo, un caos humano, nebulosa de confusos elementos, deambulo entre
mundos perfectamente acabados; entre pueblos que se rigen por leyes
bien elaboradas y que obedecen un orden puro, cuyos pensamientos están
catalogados, cuyos sueños son ordenados, y cuyas visiones están
inscritas y registradas.

Sus virtudes, ¡oh Dios!, están medidas, sus pecados están bien
calculados por su peso, y aun los innumerables actos que suceden en el
nebuloso crepúsculo de lo que no es pecado ni virtud están registrados
y catalogados.

En este mundo, las noches y los días están convenientemente
divididos en estaciones de conducta y están gobernados por normas de
impecable exactitud.

Comer, beber, dormir, cubrir la propia desnudez, y luego cansarse, todo a su debido tiempo.

Trabajar, jugar, cantar, bailar, y luego yacer tranquilo, cuando el reloj da la hora para ello.

Pensar esto, sentir aquello, y luego dejar de pensar y de sentir cuando cierta estrella se alza en el horizonte.

Robar al vecino con una sonrisa, dar regalos con un gracioso
ademán, elogiar prudentemente, acusar con cautela, destruir un alma con
una palabra, quemar un cuerpo con el aliento, y luego lavarse las
manos, cuando se ha terminado el trabajo del día.

Amar según el orden establecido, entretenerse en lo mejor de uno
mismo según cierta manera prefabricada, rendir culto a los dioses con
el debido decoro, intrigar y engañar a los demonios diestramente, y
luego olvidarlo todo, como si la memoria hubiese muerto.

Imaginar con un motivo determinado; proyectar con consideración;
ser feliz dulcemente; sufrir con nobleza; y luego, vaciar la copa, de
manera que mañana podamos llenarla otra vez.

Todas estas cosas, ¡oh Dios!¡, están concebidas con preclara
visión, han nacido con un propósito firme, se mantienen con esmero y
exactitud, se gobiernan según las normas y la razón, y luego se
asesinan y se entierran según el método prescrito. Y aun sus
silenciosas tumbas que yacen dentro del alma humana, cada una tiene su
marca y su número.

Es un mundo perfecto; de maravillas; el más maduro fruto del jardín de Dios; el pensamiento rector del universo.

Pero dime, ¡oh Dios!, ¿por qué tengo que estar allí, yo, semilla de
pasión insatisfecha, loca tempestad que no va en pos del oriente ni del
occidente, aturdido fragmento de un planeta que pereció en las llamas?

¿Por qué estoy aquí, ¡oh Dios! de las almas perdidas? Dímelo tú, oh Dios, que te encuentras perdido entre los demás dioses…

Autor: Khalil Gibrán.

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