Los amantes de Valdaro

Los amantes de Valdaro

Posteado por: danieliturra | 14 noviembre, 2010

“Resurrección” – León Tolstoi. Tercera parte, capítulo VI.

Ejecuciones públicas en Irán.

“Nejludov había sentido un afecto muy especial por un joven forzado político, Kryltsov, quien caminaba con aquella misma sección de la que formaba parte Katucha. Nejludov había entablado conocimiento con él en Ekaterine burg, lo había vuelto a ver después en ruta y había charlado en varias ocasiones con él.

Un día de verano, durante un alto prolongado (habían pasado juntos casi toda una jornada), Kryltsov le había contado todo su pasado y cómo se había hecho revolucionario. Su historia, hasta ser encarcelado, podía referirse en pocas palabras. Era todavía un niño cuando murió su padre, rico propietario en una provincia meridional; hijo único, había sido educado por su madre. Tenía buenas dotes, había terminado fácilmente sus estudios en el colegio y había salido con el número uno de la Facultad de ciencias matemáticas. Le habían ofrecido quedarse en la Facultad con objeto de llegar al profesorado e ir a este efecto a perfeccionarse al extranjero; pero él había vacilado. Estaba enamorado, soñaba con casarse y dedicarse a los asuntos del Zemtsvo (Consejo electivo de provincia o de distrito.-N. del T.). Tenía muchas cosas a la vista, y no se decidía por ninguna. En aquel momento, sus camaradas de la universidad le habían pedido cierta suma para la obra común. Sabía que esta obra era la revolución, por la que entonces no sentía interés alguno; pero, por camaradería y por amor propio, no queriendo dejar suponer que tenía miedo, había dado el dinero. Los que lo recibieron fueron detenidos; en casa de ellos se encontró un escrito gracias al cual se supo que el dinero lo había dado Kryltsov; lo detuvieron y lo llevaron primero al cuartelillo y luego a la cárcel.

Kryltsov, al contar su historia a Nejludov, estaba sentado sobre las tablas de su camastro, encogido el pecho, los dos codos sobre las rodillas; con sus hermosos ojos, lanzaba a veces sobre su interlocutor una mirada centelleante y febril.

– No eran muy severos en aquella cárcel; no sólo podíamos comunicarnos unos con otros dando golpecitos en la pared, sino incluso pasear por el corredor, cambiar algunas palabras, compartir las provisiones, el tabaco a incluso, por las tardes, cantar a coro. Yo tenía una bonita voz. Sí, si no hubiera sido por la gran pena de mi madre, me habría sentido muy bien en la cárcel; incluso la habría encontrado agradable a interesante. Hice conocimiento allí, entre otros, con el célebre Petrov (posteriormente, en la fortaleza, se cortó la garganta con un pedazo de cristal) y con otros. Pero yo no era revolucionario en absoluto. Allí entablé conocimiento igualmente con dos vecinos de celda. Habían sido detenidos por un mismo asunto, descubiertos como portadores de proclamas polacas, y habían sido juzgados por su tentativa de evasión en el momento en que los conducían a la estación de ferrocarril. Uno de ellos era polaco, Lozynsky; el otro, un israelita, Rozovsky. Sí… Este Rozovsky era todavía un niño. Decía que tenía diecisiete años, pero no se le podían calcular más de quince: delgaducho, bajito, vivo, con ardientes ojos negros y, como todos los judíos, muy aficionado a la música. Su voz aún estaba cambiando, pero cantaba muy bien. Sí… Yo estaba todavía en la cárcel cuando los llevaron ante sus jueces.

Los llevaron por la mañana, y por la tarde ya estaban de regreso diciéndonos que los habían condenado a la pena de muerte. Nadie se esperaba aquello, vista la poca importancia de su asunto. Habían tratado simplemente de desembarazarse de su escolta sin ni siquiera herir a nadie. Y además, ¡era tan monstruoso ver ejecutar a un niño como Rozovsky!

»Todo el mundo se decía, en la cárcel, que aquélla era una simple sentencia de intimidación, pero que no sería confirmada. Al principio nos conmovimos mucho; luego nos calmamos poco a poco y nuestra vida recobró su ritmo. Sí… Pero una tarde, el guardián se acercó a mi puerta y me dijo con misterio que los carpinteros habían venido para montar la horca. Al principio, no comprendí: ¿cómo?, ¿qué horca? Pero el viejo guardián estaba tan emocionado, que al mirarlo comprendí que era para nuestros dos camaradas.

Quise golpear en la pared, para ponerme en comunicación con mis vecinos; pero temí que me oyésen los condenados. Los otros camaradas se callaban igualmente; sin duda alguna, todo el mundo lo sabía. Toda la tarde, un sombrío silencio reinó en el, corredor y en las celdas. Nos absteníamos de hablar y de cantar.

»A eso de las diez de la noche, el guardián se acercó de nuevo y me confió que acababan de traer de Moscú al verdugo; luego se alejó inmediatamente. Lo llamé para seguirle preguntando, y de pronto oí a Rozovsky que me gritaba desde su celda, a través de todo el corredor: “¿Qué pasa? ¿Por qué llama usted?” Le respondí que me habían traído tabaco; pero él parecía presentir algo y me preguntó por qué no habíamos cantado ni hablado. No me acuerdo ya de mi respuesta; me apresuré a alejarme de la puerta, para interrumpir la conversación.

»Sí, fue una noche horrible. Toda la noche estuve con el oído atento a los más pequeños rumores.

Al amanecer oí abrir se la puerta del corredor y numerosos pasos que avanzaban. Me acerqué a la mirilla. Una lámpara ardía en el corredor. El director pasó el primero: era un hombre alto que parecía siempre seguro de sí, resuelto. En aquel momento estaba pálido, encorvado, con aire de consternación. Iba seguido por su adjunto, ceñudo, pero de aire más descompuesto; luego, la escolta. Pasaron ante mi puerta para detenerse ante la de la celda vecina. Oí que el adjunto gritaba con una voz extraña:

“¡Lozynsky, levántese usted! ¡Póngase ropa interior limpia!” Luego la puerta rechinó, y entraron en su celda; después, el paso de Lozynsky. Yo no veía más que al director. Palidísimo, abotonaba y desabotonaba su uniforme y movía los hombros. Sí… De pronto, como asustado de algo, se pegó a la pared: era Lozynsky que pasaba delante de él y se acercaba a mi puerta. ¡Un guapo muchacho! Ya usted sabe, uno de esos hermosos tipos polacos: frente ancha y recta, sombreada por abundantes y finos cabellos rubios y con unos encantadores ojos azules. Era un adolescente en todo su florecimiento primaveral.

»Se detuvo ante la mirilla de mi puerta, de forma que no distinguí más que su rostro: un rostro desencajado y color ceniza, horroroso. “Kryltsov, ¿tiene cigarrillos?” Yo iba a darle uno, cuando el adjunto del director, por miedo sin duda a retrasarse, sacó vivamente su pitillera y se la tendió. Él cogió un cigarrillo; el adjunto frotó una cerilla. Lozynsky se puso a fumar y pareció meditar. Luego, como si se acordara de algo, se puso a hablar: “¡Es cruel e injusto! No he cometido ningún crimen; yo…” Por su cuello joven y blanco, del que yo no podía apartar mis miradas, pasó un estremecimiento; y él se interrumpió…Sí… En el mismo momento, con su voz bien timbrada de judío, oí a Rozovsky gritar en el corredor. Lozynsky tiró su cigarrillo y se alejó de mi puerta. Rozovsky lo reemplazó ante la mirilla.             Su rostro infantil, de negros ojos húmedos, estaba arrebolado y sudoroso. Llevaba igualmente ropa limpia, se sujetaba con la mano el pantalón demasiado ancho y temblaba. Acercó su lastimero rostro y dijo:

“Anatolf Petrovich, ¿no es verdad que el médico me había recetado tisana? Estoy indispuesto y la seguiría bebiendo.” Nadie respondió y, con aire inquisitivo, miraba unas veces a mí, otras al director. ¿Qué quería decir? Nunca lo he comprendido. De pronto el adjunto adoptó un aire severo y gritó con voz aguda: “¿Qué es esta broma? ¡En marcha!”

»Evidentemente, Rozovsky no comprendía lo que querían hacer con él y se fue por el corredor con un paso rápido, casi corriendo. Luego se detuvo en seco y se oyeron sus llantos y su voz penetrante.

Ruidos de pasos y de lucha. El pobre muchacho continuaba llorando y gritando. Luego, todo se amortiguó gradualmente; resonó la puerta del corredor y se hizo el silencio… Sí… ¡Y los ahorcaron! ¡Los estrangularon a los dos con cuerdas!

»Otro guardián, que lo había visto todo, me contó que Lozynsky no había opuesto ninguna resistencia, pero que en cambio Rozovsky había luchado mucho tiempo, tanto que habían tenido que arrastrarlo al cadalso y meterle a la fuerza la cabeza en el nudo corredizo. Sí… Aquel guardián era un poco tonto: “Me habían dicho, barin, que era un espectáculo espantoso. Pues no, no impresiona mucho; cuando estuvieron colgados, no hicieron más que estó con los hombros.-E imitó el sobresalto de los hombros -. Luego el verdugo tiró, a fin de que el nudo, por así decirlo, estrangulase mejor. Y eso es todo. No hicieron un solo movimiento más.” Eso no impresiona mucho – repitió Kryltsov reproduciendo la entonación del guardián. Y quiso sonreír, pero estalló en sollozos.

Permaneció mucho tiempo silencioso, jadeando y reprimiendo el llanto que le cerraba la garganta.

-Desde entonces me convertí en revolucionario. Sí…- dijo después de haberse calmado, y acabó su relato.

A su salida de la cárcel se había afiliado al partido de « Liberadores del pueblo» a incluso había sido jefe del grupo de «desorganización», que tenía por objeto aterrorizar al gobierno, a fin de que abandonase el poder para llamar a él al pueblo. Con este designio, se dirigía bien a Petersburgo, bien al extranjero, bien a Kiev o a Odesa, y en todas partes obtenía resultados. El hombre en quien había puesto toda su confianza lo había traicionado; lo detuvieron, lo juzgaron y lo tuvieron dos años en la cárcel, condenándole a muerte, pena que le fue conmutada por la de trabajos forzados a perpetuidad.

En la cárcel había contraído la tisis, y ahora, en las condiciones en que se encontraba, no le quedaban evidentemente más que algunos meses de vida. Lo sabía y no lo lamentaba en absoluto lo que había hecho; afirmaba, por el contrario, que si dispusiera de otra vida la dedicaría a la misma causa: la destrucción de una organización social que dejaba que se realizasen hechos como aquellos de los que había sido testigo.

La historia de este hombre y sus conversaciones explicaron a Nejludov muchas cosas que no comprendía antes.”

Posteado por: danieliturra | 14 noviembre, 2010

“L’homme qui plantait des arbres” – Cortometraje

* http://www.imdb.com/title/tt0093488/

Posteado por: danieliturra | 12 noviembre, 2010

¿Algo está mal?

Premisa I: 7 de Marzo de 2010, luego de 25 horas de Teletón ininterrumpida se reunen $30.212.775.555  (“duplicamos la meta”) para la reconstrucción del terremoto.


 

 

 

 

 

 

 

Premisa II: 12 de noviembre de 2010, un jarrón chino (174o) es vendido en Londrés en $ 34.500.000.000 (69 millones USD).


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conclusión:…………. ¿?¿?¿??¿?

Posteado por: danieliturra | 1 noviembre, 2010

Sobre el concepto de historia – Walter Benjamin

Tesis IX
Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no pueden cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Posteado por: danieliturra | 29 octubre, 2010

Alturas de Machu Picchu – Pablo Neruda

“…¿Qué era el hombre? En qué parte de su conversaciòn abierta
entre los almacenes y los silbidos, en cuál de sus movimientos metálicos
vivía lo indestructible, lo imperecedero, la vida?

El ser como el maíz se desgranaba en el inacabable granero
de los hechos perdidos, de los acontecimientos
miserables, del uno al siete, al ocho,
y no una muerte, sino muchas muertes, llegaba a cada uno:
cada día una muerte pequeña, polvo, gusano, lámpara
que se apaga en el lodo del suburbio, una pequeña muerte
de alas gruesas
entraba en cada hombre como una corta lanza
y era el hombre asediado del pan o del cuchillo,
el ganadero: el hijo de los puertos, o el capitán oscuro del arado,
o el roedor de las calles espesas:
todos desfallecieron esperando su muerte, su corta muerte diaria:
y su quebranto aciago de cada día era
como una copa negra que bebían temblando…”


 

Posteado por: danieliturra | 24 octubre, 2010

Sinopsis de “Persona” – Ingmar Bergman

Sostengo casi caprichosamente que a toda persona que le guste el cine debe ver esta película.

Posteado por: danieliturra | 5 octubre, 2010

“La guerra y la paz” – León Tolstoi

¡Hurra! – gritó el príncipe Andrés, que con trabajo llevaba la bandera. Se lanzó hacia delante, seguro de que le seguiría todo el batallón. En efecto, no había andado sino unos pasos y ya vio moverse a un soldado, después a otro y después a todo el batallón gritando: «¡Hurra!» Y corrieron tanto que le dejaron atrás.

Un suboficial cogió la bandera, que se balanceaba por ser demasiado pesada para las manos del Príncipe, pero pronto cayó mortalmente herido. El príncipe Andrés volvió a apoderarse de ella y, arrastrando su mástil por el suelo, corrió hacia el batallón. Ante sí veía a los artilleros: unos se batían, otros dejaban las piezas y se iban con el batallón. Y los soldados de infantería franceses se apoderaban de los caballos de los artilleros y daban la vuelta a los cañones. El príncipe Andrés, con el batallón estaba ya a veinte pasos de las piezas. Sentía muy cerca los silbidos de las balas y continuamente, a su derecha y a su izquierda, los soldados caían lanzando gemidos. Pero él no les prestaba atención. Miraba tan sólo hacia delante.

Distinguía claramente la cara de un artillero rojo con el quepis de medio lado, que tiraba del escobillón que un francés le quería quitar. El príncipe Andrés veía perfectamente la expresión rabiosa de aquellos dos hombres que visiblemente no sabían lo que les pasaba. ¿Qué hacen?», pensó el príncipe Andrés mirándolos. «¿Por qué no huye el artillero rojo, ya que no tiene ningún arma? ¿Por qué no le mata el francés? En cuanto el otro quiera huir, el francés se acordará que tiene un fusil y le matará.» Efectivamente, otro francés se acercó al grupo, preparó su arma y el artillero rojo, que no sabía lo que le esperaba y acababa de arrancar triunfalmente a su contendiente el escobillón, cayó herido. Pero el príncipe Andrés no vio cómo terminó la cosa. Le pareció que algunos soldados, los que tenía más cerca, le golpeaban en la cabeza con todas sus fuerzas. Sentía un dolor agudo, pero lo que más le contrariaba era que tal dolor le distraía y le privaba de ver lo que deseaba.

«Pero… ¿qué es esto? ¿Me caigo? ¿Se me doblan las piernas?», pensó. Y cayó de espaldas. 

Abrió luego los ojos para enterarse de cómo había acabado la lucha de los franceses contra el artillero. Quería saber si el artillero rojo había sido muerto o no, si los cañones habían sido salvados o habían caído en manos de los enemigos. Pero no veía nada. Sobre él no se extendía otra cosa que el cielo, el alto cielo, lleno de nubes grises, que pasaban dulcemente. «¡Qué dulzura, qué calma, qué solemnidad! ¡Qué distinto es esto de lo de hace un momento, cuando corría yo, cuando corríamos gritando – pensaba el príncipe Andrés -, cuando nos batíamos, cuando, con los rostros furiosos, descompuestos, el francés y el artillero se disputaban el escobillón! Entonces no desfilaban de esta forma las nubes por el cielo infinito. ¿Cómo no me he dado cuenta hasta ahora de este cielo? ¡Qué contento estoy ahora! Sí, todo es tontería, engaño, fuera de este cielo infinito.

No existe nada sino este cielo. Pero ni este mismo cielo existe. No hay sino la calma y el reposo. ¡Alabado sea Dios!»

El príncipe Andrés yacía en las montañas de Pratzen, en el mismo sitio en que había caído con la bandera en la mano. Se desangraba, medio desmayado, y gemía plañideramente, dejando escapar un débil e infantil gemido.

Al atardecer dejó de gemir y calló por completo. No tenía la menor idea del tiempo que había durado su desmayo.

Sentíase vivir de nuevo mientras un violento dolor le martilleaba en la cabeza. «¿Dónde está aquel cielo tan alto, cuya existencia ignoraba y que he visto hoy por primera vez?» Tal fue su primer pensamiento. «¿Y este dolor que tampoco conocía? Sí, hasta ahora lo he ignorado todo, no sabía nada, nada. ¿Pero dónde me encuentro?» Aplicó el oído y oyó las pisadas de los caballos que se acercaban y el sonido de unas voces que hablaban en francés.

Posteado por: danieliturra | 26 septiembre, 2010

Sigur Rós – Documental: “Heima”

Johannes Brahams escribió en una carta a Clara Schumann acerca de “Chaconne”: “En un pentagrama, para un pequeño instrumento, el hombre escribió todo un mundo de profundos pensamientos y de las más poderosas emociones. Tan solo de imaginarme que yo la pudiera haber creado, incluso si tan solo hubiese podido concebirla, estoy seguro que ese exceso de emoción y esa experiencia que hace temblar la Tierra, me hubiera vuelto loco”.

Older Posts »

Categorías